Diez situaciones para todos los gustos en la meta de un triatlón

La meta de un triatlón siempre será un buen campo de estudio, ya sea cualquiera de sus disciplinas: un Ironman, un Sprint o un Olímpico. Los triatletas somos gente pasional, sacrificada y que, en gran parte, sabe lo que deja de lado con tantas horas de entrenamiento, así que en las metas se mezclan muchos corredores con muchos sentimientos, lo que deja bastantes instantáneas curiosas. Sobre todo si pasabas por ahí…
1. El debutante
Sobre este perfil ya hicimos una noticia porque es reconocible por unos detalles. En una prueba popular de poco renombre lleva a 50 animadores. Cuando está llegando a la meta del triatlón, donde por supuesto el tiempo es lo de menos, busca a sus supporters en la grada y no es complicado encontrarlos. Allí están su familia, amigos e incluso compañeros de curro que se han acercado hasta allí, sin saber muy bien si a animar o a ver cómo llega pasando las de Caín. Para más señas, van ataviados con pancartas hechas con las sábanas más viejas de casa, un megáfono comprado antes de salir, y el triatleta en cuestión celebra la hazaña con ellos con más aplausos que el mismo Gómez Noya. Y da envidia, nunca perdamos esa ilusión.
2. El romántico
Se caracteriza por correr toda la carrera con algún bulto extraño en el mono (no vale ser malpensados). En condiciones normales realiza la peor carrera de su vida, con el tembleque de principio a fin, y en las transiciones anda más preocupado de que el bulto no se pierda que de arañar segundos al crono. Eso sí, nada más cruzar la meta planta la rodilla en el suelo, no por cansancio, y muestra el 'bulto': «¿Quieres casarte conmigo?».
3. El estallado
Es ese triatleta que no entiendes muy bien cómo ha podido llegar hasta la meta de un triatlón porque, nada más cruzar la línea, cae como un edificio al suelo. Podríamos meter a los Brownlee en este grupo: llegan sin poder dar un paso más y no logras entender cómo corrían a 3:30/km hacía segundos. Y allí se quedan porque no son capaces de alargar el brazo y tan solo giran sobre sí mismos de vez en cuando. Algún voluntario le echa un chorrito de agua, otros le ofrecen comida, pero él ya forma parte del decorado de meta, tirado en el suelo. ¿Seguirá al día siguiente? Un poquito de prudencia, por favor…
4. El bailongo
¿Bailar? ¿Después de un Ironman? Pues sí. Hay triatletas que después de sus 11, 12, 13 o las horas que sean todavía ponen en práctica ese baile que han entrenado casi tanto como las transiciones. Felicidad desbordada y a mover el esqueleto, que es un buen momento para acercarte a las animadoras o animadores, excitar al público y, quién sabe, acabar siendo una estrella de YouTube. Y muy bien, hombre, que hacemos esto por diversión.
6. El indiferente
Sí señores, los hay que parece que hacen un Ironman a la semana. Seis u ocho meses preparando la prueba durante 15 horas cada semana y, cuando llegas a la línea de meta, apagas el pulsómetro, sigues andando a por la medalla y te marchas a casa. ¡Por Dios! Un poquito de alegría, que estás en la meta de un triatlón, y aunque llevaras 10, 20 o 30 a tus espaldas, acabas de cerrar una etapa de la temporada.
7. El emocionado
Sí, que aunque parezcan tíos y tías muy duros, los triatletas también tienen sentimientos, eh, y de vez en cuando echan una lagrimita. Y los hay que se pasan llorando el último kilómetro a lágrima viva. Y yo les entiendo (aunque yo no lloro, eh 😛) porque se juntan muchas cosas, además de los dolores, que salen a relucir cuando ves que todo tiene sentido y que ha merecido la pena… y entonces solo queda llorar, de alegría.
8. El alcohólico
«Una birra, por favor». Sí, sí, hay triatletas en la meta de un triatlón que parece que hacen la prueba por el recovery. Cruzan la meta y ya andan pidiendo una cerveza. «Espera, chico, que te pongo la medalla y te hacemos unas fotitos», le dicen, pero él solo busca esa cerveza que su entrenador le ha prohibido en los últimos meses (aunque parezca que sean años), y la medalla es solo la excusa para tomársela sin cargo de conciencia. «Mejor que sean dos, que estoy deshidratado», puntualiza. No vaya a ser que se acaben…
9. La familia numerosa
¿Pero cuál de todos esos cinco es el triatleta? El que va en carrito de bebé, complicado; que tiemble Frodeno si es el niño de 5 años el que se ha cascado un sub-10 en el Ironman; la adolescente con cara de «qué vergüenza, espero que nadie me vea» tampoco tiene pinta; y el hombre con barriguita que vigila a la prole mientras mira con admiración a esa mujer sudorosa, tampoco… ¡Debe ser la mujer sudorosa, pero más feliz que una perdiz! Claro que sí, ellos lo merecen tanto como tú.
10. El agradecido
Y aquí vamos a darnos un pequeño tirón de orejas a todos, por si alguna vez no lo hacemos. Una vez cruzamos la meta de un triatlón, yo lo que intento es dar las gracias absolutamente a todo el mundo que me cruzo. Voluntarios, organización, público, ese triatleta con el que compartiste carrera, esa persona de la que te quedaste con su cara cuando no podías más corriendo, al de la taquilla del metro por no decirte nada ante tus pintas lamentables… No cuesta nada.
¡A por la próxima meta, amigos!